3 LEYENDAS TRADICIONALES
DE
SANTA CRUZ
AQUÍ TE CONTAREMOS LAS 3 LEYENDAS MÁS RECONOCIDAS DE SANTA CRUZ,QUE TODOS DEBERÍAN DE CONOCER.
- EL DUENDE. 👤

Si alguna vez has escuchado leyendas de Duendes, has de saber que son pequeñas criaturas traviesas o terribles que son mencionados mayormente por algunos padres advirtiendo a sus hijos: "Si te portas mal, te llevará el duende."
Un Duende suele ser descrito como una especie de niño muy pequeño que lleva consigo un sombrero enorme. Algunos de ellos (según la cultura del País) pueden ser hombrecitos muy pequeñitos u otros que miden casi medio metro de altura. También pueden usar una boina con bonita vestimenta coloridas o un sombrero y una ropa opaca para pasar de estar percibido.
Se dice que los Duendes andan por cafetales o caminos que siempre están solitarios sea de día o de noche con tal de vagabundear. Cuando visitan la casa de personas, ellos entran haciéndose invisibles y buscan hacer travesuras o molestias a los moradores lanzándoles cosas que encuentran o escondiéndolas.
Su mayor fascinasión, es perseguir a los niños de corta edad, engañándolos con dulces o juguetes para así, llevarlos lejos de sus casas y así se pierdan. Si estos no desean ir con él, el Duende usará la fuerza aunque llore o grite.
Otro relato nos cuenta que, cuando el Duende se lleva a los Niños a la profundidades de la selva. Si estos, son buscados y rescatados, deben de ser bañados con Agua Bendita por que si no, estos Niños se volverían salvajes. La manera de evitar que se robe a un Niño este Duende, es estar atento y recortar rápidamente el cabello de aquel Niño que sea perseguido.

Hay gente que sugiere que para ahuyentar a los Duendes de una casa, es poner una música muy seria con música bien alegre.
- LA VIUDITA

La Viudita
Probablemente originada para asustar maridos infieles, La Viudita es uno de los personajes más reconocidos en Santa Cruz. Cuenta la leyenda que esta señora suele vestir ajustadas prendas negras, que delatan una figura atractiva y tentadora, con un oscuro velo que le cubre el rostro por completo. En otras ocasiones, viste simplemente un manto oscuro de pies a cabeza. Se esconde en la penumbra de pasillos y callejones, esperando para sorprender a algún borrachito solitario que vuelve a casa de madrugada.
El borracho, valeroso por el alcohol, se deja seducir por la Viudita, para toparse con la sorpresa de que nada es lo que parece. Más de uno intentará quitarle el velo, revelando la horrible cara de la muerte misma. ¡A quedarse en casa, muchachos!
- EL FAROL DE LA OTRA VIDA

Desde que alguien lo vio por primera vez, y esto fue hacia el primer tercio del extinto siglo, hasta que todos consintieron en que había dejado de hacerse ver, allá entre la primera y la segunda décadas del siglo pronto a extinguirse, el llamado "Farol de la otra Vida" fue materia de testimonios a cual más fehaciente y objeto de comentarios a cual más conmovedor.
Se trataba de un farol como cualquier otro de los que en aquella época se utilizaban ara caminar de noche por estas calles de Dios privadas de toda lumbre, como no fuese la de luna en su fase benéfica. Pero no llevado por manos de cristiano en actual existencia, a juzgar por la forma como discurría y el profundo silencio que reinaba a su paso.
Cuando la última campanada del reloj de la catedral había anunciado la media noche, el farol fantasma, o lo que sea, empezaba a hacerse ver en esta o aquellas calles de la ciudad dormida. Era del tamaño corriente, y dejaba advertir a través de sus vidrios una parpadeante llamita de vela que bien pudo ser de sebo o bien se cera. Se deslizaba por debajo de los corredores, a la altura y en disposición de si fuese llevado por cualquier persona, pero como si ésta anduviese muy paso a paso, con suma dificultad y deteniéndose aquí y allá por instantes.
No tenía trayecto definido, pues unas veces era visto en una calle y otras en calle distinta. No obstante, quienes lograron mejor expectación, aseguraban que salía de los trasfondos de la Capilla (huerta de la casa parroquial de Jesús Nazareno), iba por acá o por allá y ya cerca del amanecer volvía allí, si es que no se esfumaba repentinamente en algún rincón.
A diferencia de otras apariciones de más allá de la tumba, ni traía consigo rumor alguno, ni suscitaba que se produjesen en su derredor. Ningún aullido de perros se dejaba oír y asimismo ningún gañido de lechuza.
Que espantaba y empavorecía, no es necesario decirlo. Algunos al columbrarlo de lejos y de repente, echaban a correr sin freno. Se contaban entre éstos los juerguistas, los mal inclinados y los trasnochadores con propósitos vedados. Otros aguardaban a que se aproximase un poco, entre ellos algún valentón y algún curioso de los que no faltan. Pero aún éstos concluían por esquivarla, haciéndose cruces, y echar la carrera.
Corría la voz de que los buenos, los justos y los de conciencia limpia podían muy bien encontrarlo, sin que nada malo les ocurriese. Pero nadie de los tenidos por tales se animó a hacer la prueba, seguramente porque algo de sus adentros les advertía que no eran de los llamados.
Dizque una vez cierta beata con fama de virtuosa, que madrugaba más de la cuenta para ir a misa, advirtió de improviso que el farol discurría a corta distancia de ella. Se detuvo ahí mismo aterrorizada y respetuosa, diose a balbucear un padre nuestro por las almas del purgatorio y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, el farol había desaparecido.
Tiempo después desapareció del todo y, por lo visto, definitivamente
Se trataba de un farol como cualquier otro de los que en aquella época se utilizaban ara caminar de noche por estas calles de Dios privadas de toda lumbre, como no fuese la de luna en su fase benéfica. Pero no llevado por manos de cristiano en actual existencia, a juzgar por la forma como discurría y el profundo silencio que reinaba a su paso.
Cuando la última campanada del reloj de la catedral había anunciado la media noche, el farol fantasma, o lo que sea, empezaba a hacerse ver en esta o aquellas calles de la ciudad dormida. Era del tamaño corriente, y dejaba advertir a través de sus vidrios una parpadeante llamita de vela que bien pudo ser de sebo o bien se cera. Se deslizaba por debajo de los corredores, a la altura y en disposición de si fuese llevado por cualquier persona, pero como si ésta anduviese muy paso a paso, con suma dificultad y deteniéndose aquí y allá por instantes.
No tenía trayecto definido, pues unas veces era visto en una calle y otras en calle distinta. No obstante, quienes lograron mejor expectación, aseguraban que salía de los trasfondos de la Capilla (huerta de la casa parroquial de Jesús Nazareno), iba por acá o por allá y ya cerca del amanecer volvía allí, si es que no se esfumaba repentinamente en algún rincón.
A diferencia de otras apariciones de más allá de la tumba, ni traía consigo rumor alguno, ni suscitaba que se produjesen en su derredor. Ningún aullido de perros se dejaba oír y asimismo ningún gañido de lechuza.
Que espantaba y empavorecía, no es necesario decirlo. Algunos al columbrarlo de lejos y de repente, echaban a correr sin freno. Se contaban entre éstos los juerguistas, los mal inclinados y los trasnochadores con propósitos vedados. Otros aguardaban a que se aproximase un poco, entre ellos algún valentón y algún curioso de los que no faltan. Pero aún éstos concluían por esquivarla, haciéndose cruces, y echar la carrera.
Corría la voz de que los buenos, los justos y los de conciencia limpia podían muy bien encontrarlo, sin que nada malo les ocurriese. Pero nadie de los tenidos por tales se animó a hacer la prueba, seguramente porque algo de sus adentros les advertía que no eran de los llamados.
Dizque una vez cierta beata con fama de virtuosa, que madrugaba más de la cuenta para ir a misa, advirtió de improviso que el farol discurría a corta distancia de ella. Se detuvo ahí mismo aterrorizada y respetuosa, diose a balbucear un padre nuestro por las almas del purgatorio y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, el farol había desaparecido.
Tiempo después desapareció del todo y, por lo visto, definitivamente
Comentarios
Publicar un comentario